Os cincuenta pilláronme fronte ao mar

 

He cumplido cincuenta años.

Todavía me resulta rarísimo escribirlo. No porque me sienta joven, que tampoco hay que faltar a la verdad, sino porque durante mucho tiempo los cincuenta me parecían una edad que les pasaba a los demás. A esas personas serias que sabían hacer la declaración de la renta sin sufrir, que no perdían las gafas diez veces al día y que seguramente tenían muy claro qué querían hacer con el resto de su vida.

Y luego estoy yo. Con mi coche verde rana, una casa frente al mar, dos gatos que consideran que soy personal de servicio, antecedentes documentados de rescates improvisados de gatos, gaviotas y erizos, una colección sospechosamente grande de diademas verdes y la sensación de que sigo improvisando bastante más de lo recomendable para una mujer de mi edad. Y la sospecha razonable de que sigo sin saber exactamente qué estoy haciendo. La diferencia es que ahora me preocupa bastante menos.

Cuando miro atrás no veo una línea recta, veo mareas. Etapas que llegaron, etapas que se fueron, personas que dejaron huella, errores magníficos, aciertos inesperados, despedidas, reencuentros, magia al fin y al cabo.

La cuestión es que, como los cincuenta no se cumplen todos los días, decidí que quería celebrarlos con una vela especial. Nada de números. Yo quería una L, la representación romana del cincuenta. Me parecía elegante, épica, un poco solemne y bastante más bonita que un cinco y un cero plantados encima de una tarta.

Pues no. Resulta que encontrar una vela con forma de L es prácticamente imposible. Hay velas con el número cincuenta. Hay velas con forma de estrella, de corazón, de unicornio, de flamenco y de otras formas cuya utilidad prefiero no comentar. Pero una simple L, nada. O no existe, o todas las personas que cumplen cincuenta años han tenido la misma idea que yo y han agotado las existencias del planeta. Non teño probas, pero tampouco dúbidas.

Y mientras buscaba aquella vela imposible empecé a pensar en la letra. Porque a veces pasa eso. Una anda detrás de una cosa y acaba encontrando otra completamente distinta. De repente me vinieron a la cabeza varias palabras importantes que también empiezan por L.

La primera fue Lar.

Durante muchos años intenté hacer un hogar en el piso donde vivía. Pero el hogar es el lugar donde dejas de querer estar en otro sitio, donde no quieres escapar, es dejar de huir. Y esa sensación, siempre la tuve aquí. Volver, regresar a la casa de mis abuelos, escuchar el mar y ver amanecer cada mañana…

También pensé en Lareira.

No porque tenga una, que no la tengo, envidia cochina cada vez que veo una. Pero una lareira no es necesariamente un fuego. A veces es una mesa con un café, una conversación que se alarga, mi hija pintando mientras yo escribo, una gata ocupando exactamente el sitio donde querías sentarte. O simplemente esa sensación tan agradable de meterse en cama con la manta eléctrica y pensar: "qué bien se está aquí".

Luego apareció Liberdade.

Porque volver a Galicia no fue solo una mudanza. Fue una decisión que estuve rumiando durante mucho tiempo, de esas que te dan vueltas en la cabeza durante años antes de que te atrevas a dar el paso. Cuando paseo por la playa al caer la tarde, sigo sintiendo una gratitud enorme por haber escuchado aquella voz interior que llevaba tanto tiempo diciéndome bajito que este era mi sitio.

Y después está la Lúa.

La compañera silenciosa de tantos paseos. La que ilumina los caminos por los que aparecen erizos llamados Manolo, ideas para el blog, recuerdos de mi madre, frases de mi abuela y esas pequeñas verdades que suelen presentarse cuando una deja de correr. Porque si algo he aprendido en estos años es que las cosas importantes rara vez gritan, casi siempre susurran. Y hay que caminar un poco más despacio para escucharlas.

También está en Lembranza.

En las fotos antiguas, en los veranos de la infancia, en las historias de mi abuela. En quienes ya no están y, sin embargo, siguen apareciendo de vez en cuando en un olor, en un refrán o en un arco iris.

Así que aquí estoy. Cincuenta años. O una L, que dicho así me gusta bastante más.

Sin la sabiduría universal que imaginaba cuando era joven, sin entender por qué se me mueren prácticamente todas las plantas y recogiendo erizos en riesgo de atropello sin planificación ninguna. Tomando algunas decisiones importantes siguiendo mi propio método científico compuesto por corazón, terquedad y una cantidad moderada de improvisación. Ata o de agora foime funcionando bastante ben.

Pero también más tranquila, más cómoda en mi propia piel, más parecida a mí misma.

Y mientras sigo empeñada en encontrar esa dichosa vela romana que probablemente no aparezca nunca, voy pensando que quizá no la necesito tanto como creía. Porque la L ya estaba aquí desde hace tiempo. En el Lar, en la Lareira, en la Liberdade, en la Lúa sobre la ría, en las Lembranzas

Y en esta vida nueva que me estaba esperando pacientemente, aguardando a que estuviera preparada, a que aprendiera a escuchar mi voz interior. Quizá esa sea la sabiduría que esperaba encontrar a los cincuenta. No tener todas las respuestas, sino haber aprendido por fin cuáles merece la pena escuchar. Porque para saberlo todo ya llego tarde. Pero para seguir aprendiendo... aún me queda la segunda mitad de mi vida!

Entre mareas e retrancas.

Desastriño a veces, navegando sempre.

Outro día máis.

 

Comentarios

  1. guapiiiiii se me pasó felicitarte.....sorry!! y bienvenida al club de los 50

    ResponderEliminar
  2. Mi primer comentario, querida! Eso ya es un regalo! Y que sigas por aquí, también. Un besazo!

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares