Os cincuenta pilláronme fronte ao mar
He cumplido cincuenta años. Todavía me resulta rarísimo escribirlo. No porque me sienta joven, que tampoco hay que faltar a la verdad, sino porque durante mucho tiempo los cincuenta me parecían una edad que les pasaba a los demás. A esas personas serias que sabían hacer la declaración de la renta sin sufrir, que no perdían las gafas diez veces al día y que seguramente tenían muy claro qué querían hacer con el resto de su vida. Y luego estoy yo. Con mi coche verde rana, una casa frente al mar, dos gatos que consideran que soy personal de servicio, antecedentes documentados de rescates improvisados de gatos, gaviotas y erizos, una colección sospechosamente grande de diademas verdes y la sensación de que sigo improvisando bastante más de lo recomendable para una mujer de mi edad. Y la sospecha razonable de que sigo sin saber exactamente qué estoy haciendo. La diferencia es que ahora me preocupa bastante menos. Cuando miro atrás no veo una línea recta, veo mareas. Etapas que ll...