Mi abuela, los arco iris y la forma gallega de entender la vida
Aquí llueve mucho. Esto no es novedad. Aquí la lluvia es
casi un personaje más: entra sin llamar, se sienta donde quiere y, si se lo
permites, te obliga a reorganizar el día sin pedir disculpas. Pero lo que quizá
no sepas es que aquí también hay arco iris a pares. Dobles, triples,
enteros, cortados, tímidos, descarados… aparecen cuando les da la gana, como
todo en Galicia. No obedecen a nadie, y desde luego no se presentan con
antelación.
Mi abuela decía que los arco iris eran “avisos”. No
explicaba de qué, porque las abuelas gallegas no explican: insinúan. Y
tú te apañas. A veces creo que lo hacían por deporte, por ver si éramos capaces
de descifrar algo que probablemente ni ella tenían claro. Pero lo decían con
tanta calma que una acababa creyéndolo igual.
Cuando era pequeña, cada vez que aparecía uno, mi abuela se
quedaba quieta mirándolo unos momentos. Ella hacía lo suyo: se santiguaba
despacio, como quien firma un recibí invisible, y murmuraba un refrán “Arco
da vella… cousa boa ou cousa bela”, luego suspiraba y decía “Xa veremos”.
Y seguía haciendo filloas, o cosiendo, o preparando comida para los pajaritos,
pero con ese gesto mínimo —un leve asentimiento, casi imperceptible— que
significaba que para ella aquel arco iris traía mensaje.
Yo saltaba, señalaba, gritaba “¡mira, mira!”, y ella
respondía sin levantar la vista:
—Xa o vin, nena. Tranquila.
Como si el arco iris fuese un vecino que pasa cada poco y no
hubiera que facerlle tanta festa.
Ahora, viviendo aquí, empiezo a entenderla. Los arco iris no
son espectáculo: son recordatorios. Pequeñas notas al margen de la vida. De que
todo pasa. De que después de la lluvia siempre hay algo que brilla, aunque sea
un instante. De que la vida tiene sus ciclos, sus mareas, sus retrancas… y que
no hace falta entenderlo todo para seguir caminando. A veces basta con aceptar
que no controlas ni el tiempo ni lo que trae consigo.
El otro día salió uno enorme sobre la ría. Me pilló despeinada,
con la comida a medias y la casa patas arriba y la sensación de que el día me
estaba llevando por delante. Y pensé: “Arco da vella… cousa boa ou cousa
bela”.
Me apoyé en la ventana, y luego salí a la playa, con esa
pinta gloriosa que tenía, y por un momento todo pareció encajar. No porque nada
mejorase, sino porque entendí que hay avisos que no vienen para que hagas algo,
sino para que pares. Para que mires. Para que recuerdes que
incluso en los días más revueltos hay un resquicio de luz empeñado en colarse. “Xa
veremos”, murmuré para mis adentros, como si por fin entendiera el idioma
secreto de sus avisos.
Quizá ese era el aviso, quizá lo envió mi abuela.
Entre mareas e retrancas.
Desastriño a veces, navegando siempre.
Otro día más.
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