A veces la vida se aclara… por las raíces

 

Hay decisiones que una toma despacio, como quien se acerca al mar en invierno: con respeto, con dudas, con un poco de frío y con la sensación de que, si das el paso, ya no hay vuelta atrás. La mía fue dejar de teñirme.

No fue un acto de rebeldía, ni un manifiesto feminista, ni un “me da igual todo”. Fue más simple: un día me miré al espejo y pensé que ya estaba cansada de perseguir un color que no era mío. Lo había intentado antes, pero en el momento en el que me jugaba la verdad, terminaba arrepintiéndome. Igual ahora, en esta nueva vida, era mi momento para dejar que mi pelo fuera real.

La transición, eso sí, fue un poema. Un poema cómico.

Porque nadie te avisa de que las canas no salen ordenadas, ni simétricas, ni con sentido estético. No: salen como quieren, cuando quieren y donde quieren. Las mías decidieron aparecer en modo “mapa topográfico”: manchas, franjas, mechones rebeldes… un festival.

Y ahí entran las diademas verdes.

No sé en qué momento se convirtieron en mi uniforme, pero de repente tenía una colección. Verdes bosque, verdes oliva, verdes “esto combina con algo, supongo”. Las usaba para disimular la frontera entre lo teñido y lo natural, esa línea que parecía trazada por un pintor con prisa.

Un día, una señora en el súper me dijo: —Que bonita a diadema, nena. Y yo pensé: “Si supieras que es mi muro de contención…”

Pero poco a poco, sin darme cuenta, la frontera fue desapareciendo. Las canas empezaron a mezclarse con mi color real, como si estuvieran negociando un acuerdo de convivencia. Hubo mucho de negociación en este proceso.

Lo primero que negocié conmigo misma fue no tomar una decisión impulsiva de correr a comprarme un tinte y sí, hubo momentos en los que estuve a punto de rendirme, pero me obligaba a esperar una semana más. Negocié con Pinterest para que me sugiriera mujeres hermosas con sus canas, con el algoritmo de tiktok para seguir otras transiciones… Y sobre todo, negocié con el espejo, alegrándome de cada centímetro ganado, aprendiendo a amar mi nueva versión.

Y un día, en el escaparate de una tienda, simplemente, me vi. Y me gustó. Y me volví a mirar y me peiné con las manos, presumida, que una también tiene sus momentos. Ya no pensé en correr a comprarme un tinte. Pensé: 'Pois mira, estou ben'. Y seguí caminando, sonriéndome a mí misma.

No porque las canas sean mágicas ni porque representen sabiduría ancestral —aunque algo de eso tendrán—, sino porque por primera vez en mucho tiempo sentí que no estaba escondiendo nada. Que mi cara, mi pelo y mi vida iban en la misma dirección.

A veces la vida se aclara por las raíces. Y no hablo solo del pelo.

Las diademas verdes siguen en casa, eso sí. No por necesidad, sino por cariño. Me acompañaron en un momento en el que yo aún no me atrevía a mostrarme del todo. Ahora las uso porque me gustan, no porque me tapen.

Y cada vez que me pongo una, me acuerdo de aquella versión mía que estaba en medio del camino, entre mareas e retrancas, intentando encontrar su color. La abrazo. La agradezco. Y sigo.

Entre mareas e retrancas.

Desastriño a veces, navegando sempre.

Outro día máis.

Comentarios

Entradas populares