La triste historia de Pepita, la gaviota del porche

 De menú degustación a desaparición misteriosa na praia.

Hay días en los que la vida en la playa te sorprende. Y luego está el día en el que te encuentras cuidando de una gaviota herida como un veterinario aficionado, sólo porque pensabas que era un gato.

Pepita pasó la noche en el porche. Envuelta en mi mejor toalla, de Pertegaz, como si fuese la reina Letizia el día de su boda. Pero con menos protocolo y público, y comiendo patatas fritas.

Porque sí, le brindamos una verdadera cata gastronómica, jamón del bueno, (aprobado), queso (meh), pienso de gato (indiferencia absoluta), patatas fritas (delirio, pasión, amor verdadero…) Pois mira, mejor para mi bolsillo. Que el jamón del bueno mejor me lo como yo.

Los niños, con la excusa de cuidar a Pepita, se quedaron a dormir. Durmir, xa. Pasaron la noche saliendo y entrando al porche cada diez minutos, haciendo visitas médicas, diagnósticos fallidos, toma de constantes vitales, observación de la paciente… y charlando hasta las tantas que al final, era el objetivo real de quedarse a dormir en casa.

Y pensé en mi abuela. Ella sí que sabría qué hacer. Pero justo ese día debía de estar ocupada, porque no me mandó ningún arco iris, ni un aviso, ni los conocimientos necesarios para salvar a una gaviota. Nada. Silencio administrativo… pero versión espiritual.

Decidí entonces actuar como la adulta casi funcional que soy, llamar a la guardia civil.

Y empiezan una serie de conversaciones a cada cual más peculiar.

En la guardia civil sale un contestador,

— “Si es un tema de armas o narcotráfico, marque 1.”

 Y yo pienso, ”Carallo, se isto é o 1… o que vén despois non quero nin sabelo.”

No había ninguna opción que dijera “Si tiene una gaviota moribunda en el porche, marque el 3”, así que estuve esperando hasta poder hablar con una persona.

— No es cosa nuestra, llama a la policía nacional

Llamo a la policía:

— No es cosa nuestra, llama al SEPRONA.

Llamo al SEPRONA, y empieza un scape room administrativo galego.

— Dígame la dirección.

— Se la digo.

— ¿Y la parroquia?

Ai, filla… pois non sei.

— Sin parroquia no puedo buscar.

— ¡Nenos! ¿Sabéis qué parroquia es esta?

— Yo de tal, yo de cual.

— Genial, ¿pero aquí? ¿Esta casa?

Ninguno lo sabe

Pois nada, filla, somos agnósticos. Que lle queres facer

Al final, la del SEPRONA, resignada, apunta la dirección y dice:

—Bueno… ya iremos.

SPOILER: No vino nadie. Ninguén.

Pepita pasó la noche como una reina: Pertegaz, patatas fritas y atención personalizada. Y por la mañana… Pepita ya no estaba. Se había ido. Había volado (metafóricamente). Se había ido al cielo de las gaviotas donde espero que tengan jamón del bueno para ella.

¿Y ahora qué? ¿Qué se hace con una gaviota muerta en el porche? Porque esto no viene en el manual de bienvenida a Galicia rural.

Yo ya pensando opciones. Tirarla al contenedor, malo. Seguro que no es legal. Y con mi suerte, justo aparece el SEPRONA, marca el 1, y me vienen dos guardias con una pistola y un formulario. Enterrarla, no me veo haciendo un burato en el jardín para una gaviota. Seguro que tampoco es legal. Llamar al cura, igual non é o momento habiendo declarado que no conozco mi parroquia.

Los niños, tristísimos:

— Mamá… ¿qué hacemos?

— Pensad, neniños, pensad…

— Es que estamos tristes…

— ¿Y es incompatible con pensar?

Al final, esta adulta casi funcional decidió volver a dejarla en la playa. Sin Pertegaz, claro, que una cosa es ser buena persona y otra perder la mejor toalla de la casa. Mi idea era: “Cuando venga el SEPRONA, que la recoja allí.” Ilusa de min. El SEPRONA no vino ni vendrá.

Pero alguien vino, a limpiar la playa, y se la debió llevar, porque cuatro días después ya no estaba. Y no fue comida por nadie, porque no había restos.

Así que Pepita tuvo un final digno, una noche de lujo, un menú degustación, un modelito de Pertegaz y un descanso final en su playa, como buena galega.

Y así termina la triste —pero también gloriosa— historia de Pepita, la gaviota que vivió mejor que yo durante 24 horas.

Entre mareas e retrancas.

Desastriño a veces, navegando sempre.

Outro día máis.

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