La vida cambia de talla y la humedad del armario te lo recuerda
Hay días en los que una decide ordenar
el armario. No por necesidad real, sino por ese impulso raro que aparece cuando
estás empezando una vida nueva y quieres que todo encaje… incluso las perchas.
Bueno, vale, también porque la ropa
estaba empezando a coger humedad y el moho ya asomaba tímidamente como quien no
quiere la cosa. Pero ese será otro post, cuando asuma que no tengo ni idea de
cómo solucionarlo. ¿Alguna idea?
Abrí el armario con valentía. Cinco
minutos después ya estaba renegando en gallego, soltando un “manda carallo”
bajito, de esos que salen del alma y que solo entienden bien las paredes de una
casa galega.
Y claro, en cuanto empecé a sacar ropa,
la cama se convirtió en un monte do Gozo particular: una pila tan alta como la
catedral de Santiago. Cada vez que añadía una prenda, parecía que sonaban
campanas.
Por si fuera poco, mi gata Mora —que
nunca aparece cuando la llamo— decidió que aquel caos era el mejor parque de
atracciones del mundo. Entraba en el armario, salía, volvía a entrar, se metía
entre las camisetas, se tumbaba encima de los jerséis… y al final se durmió
plácidamente sobre la montaña textil, como un peregrino rendido al final da
etapa.
Porque ahí dentro había de todo: ropa
que ya no soy, ropa que nunca llegué a ser, ropa comprada en un arrebato (o en
un mercadillo), ropa que me regaló alguien que pensaba erróneamente que me
gustaría, ropa que guardaba para mil por si acasos… y un par de prendas que no
sé ni cómo entraron en mi casa. Sospecho de mí misma, pero non teño probas.
Y luego está a outra parte: la
menopausia. Esa señora que llega sin avisar, te cambia la perspectiva… y la
talla.
De repente, ordenar el armario ya no es
solo un ejercicio emocional, sino también logístico. Hay prendas que antes me
quedaban perfectas y ahora me aprietan el alma. Y otras que, curiosamente, me
sientan mejor que nunca, como si mi cuerpo por fin se hubiese decidido a ser
honesto consigo mismo. La menopausia es así, incómoda, reveladora e, a veces,
sorprendentemente liberadora.
Mientras sacaba cosas, me di cuenta de
que ordenar el armario es como ordenar la vida: hay que soltar lo que pesa,
dejar espacio para lo nuevo y aceptar que algunas cosas ya no te representan,
aunque un día sí lo hicieron. E iso doe un pouco, pero tamén libera.
Al final me quedé con lo que me hace
sentir bien, con lo que me queda cómodo, con lo que me acompaña sin apretar. Y
pensé: “Pois igual isto é madurar”. O igual es que ya no estoy para
sufrir por unos vaqueros, que tamén pode ser. O igual es la menopausia
diciéndome: “Mira, rapaza, deixa de loitar contra o que xa cambiou. A vida
tamén ten tallas novas.”
Sea como sea, cerré el armario con una
paz que no esperaba. Con la sensación de que, poco a poco, esta vida entre
mareas e retrancas también me está ordenando a mí. Poñéndome no sitio, como
fai o mar cando baixa a marea.
Hay días en los que una decide ordenar
el armario, y resulta que es el armario el que te ordena a ti.
Entre mareas e retrancas.
Desastriño a veces, navegando sempre.
Outro día máis.
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