El día que me encontré una gaviota comiendo jamón en el salón
Cuando crees que vas a rescatar un gato… y acabas dando
jamón del bueno a una gaviota.
Había dejado a mi hija en casa con unos amigos mientras yo
iba a hacer la compra. Todo normal. Todo tranquilo y aparentemente bajo
control.
Iba yo volviendo por los caminos, donde la cobertura aparece
y desaparece cando lle dá a gana, cuando me llama mi hija. Entiendo a
medias:
- Mamá… hemos encontrado un… ¿gato?... tirado en la playa…
se deja coger… necesita ayuda…
Yo, tajante, nena, más gatos no. Que ya tenemos a Mora y a
Limón y nos quedamos sin nombres de frutas. Además, papá nos mata, y lo sabes.
- No nos lo quedamos… te lo prometo… necesita ayuda… se deja
coger… le estamos acariciando… anda mami, por favor… porfa… porfa…
Y claro, yo me imagino su carita. Como en el fondo soy
blanda, muy blanda, y tan blanda como ella, cedo:
- Bueno, coge una toalla, lo envuelves y lo traes en casa,
ponle algo de comida hasta que se recupere, llego en seguida. Pero no nos lo
quedamos, ¿eh? ¿Entendido?
- No, mamá, no nos lo quedamos. ¡Gracias!
Ahí debieron haberme saltado las alarmas, pero estaban desactivadas,
o sin cobertura, o me creí que realmente había sonado tajante, que tamén pode
ser. No me di cuenta de que no insistía en quedárselo, y eso… eso es raro,
raro.
Llego a casa, entro llena de compra, miro…
Y lo que veo no es un gato.
Es una gaviota. En el salón, envuelta en mi mejor
toalla de Pertegaz. La mejor, la que alguien se dejó en mi casa hace años pero
que yo guardo como oro en paño por ser mi mejor toalla de playa.
Mi hija y sus amigos felicísimos, satisfechos de su
contribución a la mejora de la fauna silvestre, rescatistas aficionados. Ya le
habían puesto nombre, Pepita, porque claro, si vas a meter una gaviota en el
salón antes había que bautizarla.
Yo, al ver que no era un gato, me quedo de piedra, tan de
piedra como el granito de la fachada. Mi hija, viendo mi cara, me explica
orgullosa:
- Hemos hecho lo que dijiste. La hemos envuelto en una
toalla y le hemos dado de comer. ¡Y está comiendo!
Y yo pensando ¿en qué momento he aceptado yo una gaviota en
casa? ¿por qué demonios lleva puesta mi mejor toalla? ¿qué fallo de
comunicación tan grande, y no achacable a la falta de cobertura, ha hecho que
mi hija crea que está haciendo exactamente lo que le dije?
Y entonces veo la comida, la comida… Ay mi madriña,
que le han puesto jamón, jamón del bueno, ¡del que no le doy ni a las visitas! Y
queso. Le han organizado un brunch de un hotel de cinco estrellas a la gaviota.
A Pepita, perdón, que tiene nombre. Al menos, le han puesto agua, no han
abierto la botella de albariño de la nevera, un detalle.
La gaviota parece estar recuperándose. Nos ha jodío, menudo
desayuno.
Y es entonces cuando intenta volar. Y nena, ¿tu sabes la
envergadura de alas que tiene una gaviota? Envuelta en mi mejor toalla parece
un bollito, pero cuando abre las alas es prácticamente un paracaídas.
Yo ya visualizaba el desastre, Pepita volando por el salón,
chocando contra los enormes ventanales que dan al mar, a su libertad, con un
traumatismo craneoencefálico, y yo teniendo que explicar al Seprona por qué
tengo una gaviota con conmoción cerebral en el salón.
Así que les digo: - Hay que sacar a Pepita al porche, pero
ya.
Esta vez sí fui lo suficientemente tajante, el problema era
que ahora nadie se atrevía a cogerla. A todos les daba miedo, y yo no iba a ser
la candidata, eso lo tenía claro.
- Pero vamos a ver, ¿quién fue el valiente que la trajo de
la playa envuelta en mi mejor toalla?
Silencio. Miradas que me dan la clave, ya sé quien ha sido.
Ahora no sé si soy una maestra de colegio o Agatha Christie.
- Hala, ti, filliño, envólvela de novo na toalla e déixaa
no porche.
Y allá fue el chaval, obediente y un poco arrepentido, que
hace el traslado oficial de Pepita al porche.
Pepita, mientras tanto, con su cara de gaviota, esa cara que
parece que siempre está opinando de todo, pensando “Pois mira, non está mal
o servizo de habitación desta casa”
Y yo me pregunto: “¿Pero como chegamos a isto? ¿Como
pasamos de rescatar un gato a montar un brunch premium para unha gaivota?”
Entre mareas e retrancas.
Desastriño a veces, navegando sempre.
Outro día máis.
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