Xesta y agua caliente: un mayo a la gallega

 

Este año he hecho algo muy gallego: he puesto xesta en la puerta. Y en el coche. Y, ya que estaba, también en casa de los vecinos, que no están pero “por si acaso”. Primera vez en mi vida decorando con flores que huelen a celta antiguo, a tradición que viene de antes de que existieran las carreteras, los plásticos, la wifi o las prisas.

Me maravilla ver cómo aquí todo el mundo lo hace sin dudar. Cada casa, cada portal, cada coche aparcado en la cuesta tenía su ramita amarilla, como un pequeño conjuro compartido. Un “que veña o bo” colectivo. Un “malo será” floral.

La buena noticia es que yo estaba emocionadísima. Como una niña con zapatos nuevos, pero con flores de xesta. Las busqué con mi hija, nos pinchamos inevitablemente, varias veces, las coloqué con mimo, y me quedé tan orgullosa que les hice un reportaje fotográfico a la altura de Instagram, que no tengo.

La mala noticia… bueno.

El uno de mayo, festivo en todas partes, Galicia decidió recordarme que aquí las tradiciones funcionan… pero a su manera. Porque sí, aquí llueve mucho. Pero en la cocina no debería llover. Y sin embargo, allí estaba yo, viendo caer auténticos ríos por la pared. No era humedad, no era una gotera tímida: era el calentador reventando y soltando setenta litros de agua como si quisiera celebrar el Día del Trabajador por su cuenta.

Toallas por el suelo, las de baño, las de playa, las absurdas del bidé, las viejas, las nuevas, las buenas, todas, todas las que había en la casa. Nunca hay suficientes toallas en  una casa, os lo digo yo. Y agua caliente, pero caliente a nivel de escaldar las pobres toallas y cocerte los pies si te descuidabas, agua caliente por todas partes, yo en modo “xa parará” y el termo diciendo “pois non”. Y claro, sin llave de paso. Porque por qué iban a ponérsela, ¿no?

Así que empecé mayo no con la alegría de la fiesta, sino sin termo, sin agua caliente y sin toallas suficientes. Un comienzo épico, digno de cualquier crónica de “Entre mareas e retrancas”.

¿Mal de ollo? ¿Puse la xesta al revés? ¿La puse demasiado bien? ¿O simplemente Galicia siendo Galicia?

No lo sé. Pero aquí sigo, con la casa oliendo a xesta, el termo nuevo en camino y la sensación de que, aunque el conjuro no funcionase del todo… algo de protección sí que hubo. Porque al final, entre flores, toallas y retranca, sobreviví al diluvio doméstico. Y no mojé al vecino de abajo, porque vivo en una casa baja con jardín. Otra ventaja.

E iso xa é moito.

Entre mareas e retrancas.

Desastriño a veces, navegando siempre.

Otro día más.

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