Vida con gatos: amor, pelos y servidumbre emocional
Dicen que los gatos te eligen. Que son compañía. Que son
almas viejas. Que son encarnaciones. Que llegan cuando los necesitas.
Mira… No digo que no. Pero mis gatos tienen una norma, ellos
eligen, ellos exigen. Además de elegirme, exigen. Exigen moito.
Tengo dos. Los dos recogidos aquí en Galicia. Bueno,
recogidos… Eles atopáronme a min, que é distinto.
La mayor es Mora, totalmente blanca, elegante,
señora de sí misma. La llamamos así porque la encontramos el día que fuimos a
por moras. Tiene algo de Moura también, es la guardiana de mi hogar. Ella
no recuerda cuando la encontramos, claro. Ella recuerda que ahora tiene cama,
comida y servidumbre.
El pequeño es Limón, atigrado, ojos amarillos,
energía de gremlin mojado. Tiene algo de Trasgo también, es el pequeñajo
más travieso de la casa. Mi hija dijo que tenía que tener también nombre de
fruta. Y yo, que ya estaba entregada a la causa, acepté. Limón es limón. Y
punto.
Dicen que los gatos son compañía. Que te acompañan en
silencio. Que te observan. Que te cuidan.
Bueno… A ver.
Si estoy en una videoconferencia importante, Mora decide
que su sitio natural es encima de mí, preferiblemente entre la cámara y mi
dignidad profesional. Si me levanto un segundo a por agua, Limón ocupa mi silla
con la autoridad de un notario que firma escrituras desde 1973. Si me siento en
el sofá, ellos eligen el mejor sitio y me dejan un borde de doce centímetros,
que yo acepto como si fuera un privilegio. Si me acuesto, tengo que doblarme en
forma de cuatro para no molestar a Mora, que duerme estirada como una marquesa.
Y si me pongo ropa negra… bueno, ahí ya directamente asumen que he decidido
convertirme en un homenaje viviente al peluche.
Observar, lo que se dice observar, observan con mucha curiosidad
la lavadora, como si se tratase de un portal tridimensional. Fascinación que se
convierte en puro terror cuando esta empieza a centrifugar, ahí pasan de ser señor
Spock de Star Trek observando la Enterprise a Usain Bolt escapando de la
extinción.
Y luego está el tema puertas. Ay, las puertas.
Exigen que se las abra. Pero no cuando yo quiero. No. Cuando
ellos deciden. Y si tardo medio segundo, protestan. Ruidosamente. Con ese
maullido que dice: —Nena, que somos gatos, non animais calquera.
La comida igual. No comen: exigen. Y si no es la que
quieren, me miran como si yo fuera la decepción del año.
Pero luego… Luego se suben encima cuando estoy triste. Se
acurrucan a mi lado cuando llueve fuerte. Me siguen por la casa como dos
sombras suaves. Me miran con esos ojos que parecen entender más de lo que
dicen. Y ahí sí que pienso que igual sí, que igual me eligieron.
O igual no. Igual simplemente eligen. Eligen dónde
estar, cómo estar y con quién estar. Y yo tuve la suerte de que, entre todas
las casas de Galicia, elixiron a miña.
Exigen, sí. Pero tamén dan. A súa maneira. Con
pelos, con maullidos, con miradas, con compañía silenciosa.
E eu, encantada. Serva oficial de Mora e Limón. A
disposición das súas señorías felinas.
Entre mareas e retrancas.
Desastriño a veces, navegando sempre.
Outro día máis.
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