Mi primera tortilla (y la segunda… y ya veremos)
Crónica de una mujer que se vino arriba y acabó destrozando dos tortillas.
Hay días en los que una se levanta valiente. Valiente de más.
Valiente de “hoxe fago unha tortilla, que isto fáino todos, ten que ser
fácil”. Ay, fácil, dices tú. Yo no sabía dónde me estaba metiendo.
Porque señores y señoras, hasta septiembre yo no cocinaba.
Nada. Cero. Ni tortilla, ni croquetas, ni nada. Adopté el modo de supervivencia
culinaria, pasta, salchichas y nuggets con patatas fritas. Al mes había agotado
más que de sobra todas mis capacidades. Era hora de avanzar.
Primero busqué cómo se hace. Leí recetas. Vi vídeos. Parecía
todo tan sencillo… Patatas, cebolla, huevos, sal, aceite. “Pois xa está,
isto sáeme seguro.”
Ja.
La primera sorpresa fue el tiempo que tardan en freírse
las patatas. Una eternidad. Una vida. Una reencarnación entera. Yo ya no
sabía si estaba haciendo una tortilla o preparando carbón para el invierno.
Pero seguí, porque cuando una se viene arriba, no hay quien la pare.
Luego llegó el momento de darle la vuelta. Ahí empezó
el drama. Yo mirando la sartén. La sartén mirándome a mí. La tortilla
diciéndome en silencio: “Atrévete, cobarde.” Y yo: “Ai, que non me atrevo.”
Decidí ser inteligente —en teoría— y cogí otra sartén para
hacer el giro profesional. En teoría era una buena opción, en la práctica… no
tanto, se me olvidó echar aceite en la segunda sartén. Resultado: la tortilla
se quemó por abajo, se pegó como si quisiera quedarse a vivir allí y yo ya no
sabía si estaba cocinando o haciendo manualidades con pegamento industrial.
Pero como ya estaba cuajada, al menos no me daba miedo darle
la vuelta. La puse en un plato por la parte bonita. La parte fea quedó pegada
en la sartén… para quien friega. Y mira, la tortilla aparentemente perfecta.
Instagram-ready. Engañabobos. Una obra de arte si la mirabas solo por un lado.
Otro día lo volví a intentar.
Otra oportunidad. Otra ilusión. Otro fracaso, pero por motivos distintos que ya
os contaré. Porque una comete errores, sí… pero al menos no los repite. Va
cambiando de errores, que eso también es evolución.
Y
así sigo. Aprendiendo. Cocinando. Inventando nuevas formas de arruinar una
tortilla. Celebrando cada pequeño avance como si fuera un máster en
gastronomía. Y oye, para alguien que hasta septiembre no sabía ni encender bien
la cocina, moito
aprendín.
Porque
al final, nena… lo importante no es hacer la tortilla perfecta. Es tener algo
que contar después.
Entre mareas e retrancas.
Desastriño a veces, navegando sempre.
Outro día máis.
Comentarios
Publicar un comentario