La abuela que vuelve por la puerta, por la ventana, o por el viento
Hay casas en las que las cosas pasan. No cosas grandes, no
cosas de película. Cosas pequeñas, de esas que solo entienden quienes han
crecido en un matriarcado gallego donde las abuelas nunca se van del todo.
En mi casa, por ejemplo, las puertas se abren solas.
A veces estoy tan tranquila, haciendo mi vida, y de repente
clac, la puerta de entrada se abre despacio, como si alguien la empujara
con la mano. Y yo ya ni me asusto. Lo curioso es que mi gata Mora siempre lo
nota antes que yo: levanta la cabeza, fija la mirada en la puerta, mueve la
cola con ese aire de “xa vén alguén” y, dos segundos después… clac.
E eu xa sei quen é.
Me levanto, voy hacia allí y digo en voz alta:
—Pasa, avoa, estás na túa casa.
La cierro con calma, como quien acompaña a alguien que ya
conoce de toda la vida. Porque en el fondo, eso es lo que siento: que entra
ella, con su paso firme, su silencio lleno de significado y esa manera suya de
aparecer cuando le daba la gana.
Otras veces es la ventana. Esa ventana tiene vida propia.
Un día se abre de golpe, otro día se queda entreabierta aunque yo juro que la
cerré. Y ahí sí que me sale la retranca:
—Mira, avoa… xa poderías entrar pola porta como as
persoas normais.
Mora, por supuesto, también participa: se sienta delante de
la ventana, mira hacia arriba como si estuviera saludando a alguien y luego me
mira a mí con cara de “Ben o sabía eu”.
Y me río sola, porque sé que si estuviera aquí, se entendería de maravilla con mi gata. Y por supuesto, mi abuela tiene permiso para entrar por donde le dé la gana.
Las abuelas gallegas eran así: prácticas, directas,
eficaces. Si una vía estaba cerrada, buscaban otra. Si la puerta no respondía,
la ventana servía igual. Y si no, ya inventaban un camino nuevo.
Desde que volví a Galicia, estas pequeñas cosas pasan. No
sé si es el mar, la humedad, el viento, que la casa es vieja, todas a la vez, o
esa sensación de que cuando una vuelve a casa, también vuelven con ella todas
las mujeres que la sostuvieron. Pero cada vez que una puerta se abre sola, o
una ventana decide participar, yo no pienso en corrientes de aire.
Pienso en ella. En su forma de estar sin hacerse notar. En
su manera de aparecer justo cuando la necesitabas, aunque no lo dijeras. En su
presencia discreta, firme, amorosa y un poco mandona.
Y la dejo pasar. Por la puerta, por la ventana, por onde
lle dea a gana.
Porque hai presenzas que non precisan permiso. E eu,
encantada.
Entre mareas e retrancas.
Desastriño a veces, navegando sempre.
Outro día máis.
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