Gustavo, el coche verde rana que me dio libertad
Porque ás veces o destino vén en forma de coche… e de
ovos
Hay coches elegantes. Coches discretos. Coches que pasan
desapercibidos. Y luego está o meu, que es verde. Pero verde, verde.
Verde rana. Verde “hola, aquí vengo yo”. Verde “non me vas perder no
aparcadoiro nin querendo”.
Por eso se llama Gustavo. Porque claro, si el coche
es verde rana, pues el nombre venía solo.
La historia de cómo llegó a mi vida es digna de documental.
Yo necesitaba independencia. Libertad. Después de tres
meses de ir a todos sitios andando, -y consultando la meteorología previamente-,
ya había hecho piernas, era el momento de poder moverme de una manera más cómoda.
Así que fui a un concesionario de segunda mano con la actitud de: —A ver que
tedes pequeno e barato.
Y el señor, muy serio, me dijo: —Pois só este. Y me
señala a Gustavo. Brillando. Verdeando. Resplandeciendo como un sapo en
primavera.
Yo pensé: “Madre mía, que verde é.” Pero también
pensé: “Pois mira, é o que hai.”
Y me lo llevé. Así, sin más. Porque a veces la vida no te
da opciones, te da Gustavos.
Lo mejor de todo es que volví a conducir sin tomar una sola
clase. Y oye, conducir un coche es como conducir una bicicleta: si no te matas
en los primeros cinco minutos, xa está.
Pero la joya de la historia vino al final. Porque cuando ya
estaba firmando los papeles, el del concesionario me dice:
—Toma, leva isto tamén, que son da miña nai. Y me
da… ¡una docena de huevos!
Yo me quedé mirando aquello como quien recibe un premio
sorpresa. Huevos. Doce. De regalo por comprar un coche verde rana.
Y pensé: “Pois mira, Galicia auténtica, nunca cambies.”
Gustavo me dio libertad, sí. Pero también me convirtió en taxista
juvenil oficial. Ahora llevo y traigo a mi hija a sus entrenamientos de vóley,
a las quedadas, a casa de sus amigas, al fin del mundo si hace falta.
Y a la hora de recogerla me llama:
— Mamá, ¿dónde estás?
Y yo, con toda la retranca del mundo, le respondo:
— En el aparcadoiro, en la plaza, donde sea… Soy
la del coche verde.
Obviamente sabe perfectamente cuál es mi coche. Cómo no va
a saberlo, si brilla como un faro en medio del aparcamiento. Pero oye… si la
vida te da un coche verde rana, al menos que sirva para reírse un poco,
¿no?
Ahora Gustavo y yo somos inseparables. Me lleva, me trae,
me salva de la lluvia, me da libertad y le pone humor a mi vida nueva. Y cada
vez que lo veo aparcado, tan verde, tan él, tan imposible de ignorar, pienso: “Pois
mira, igual o destino sabía o que facía.”
Porque a veces la vida te da un coche elegante. Y otras
veces te da un coche verde rana con nombre de muppet e una docena de huevos.
Y yo, encantada.
Entre mareas e retrancas.
Desastriño a veces, navegando sempre.
Outro día máis.
Comentarios
Publicar un comentario